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AONIKENK
AONIKENK - PUEBLO
Los Aonikenk o tewelches, hoy extintos en el territorio
chileno, pertenecen a un grupo nómade terrestre de la Patagonia.
Son reconocidos como una de las etnias más altas del mundo, llegando
a medir hasta 2 metros.
Su territorio natural se extendía entre el Estrecho de Magallanes
y el río Santa Cruz, el que recorrían cazando animales y
recolectando el alimento que les proporcionaba la vegetación de
la pampa.
Los europeos, al verlos por primera vez, los bautizaron como patagones.
Sus entusiastas versiones sobre las enormes huellas de sus pies, dieron
orígen a la leyenda de los Gigantes de la Patagonia y al nombre
con que fue designado este vasto territorio.
Con la adquisición del caballo, en el siglo XVIII, los Aonikenk
ampliaron sus recorridos por la estepa austral mostrando gran destreza
en el manejo de este importante medio de transporte.
Aonikenk y Selk'nam estarían emparentados. Algunas similitudes
entre ambos pueblos son las características físicas, como
su altura. También tienen un parentesco linguístico, ya
que ambas lenguas provienen de un mismo tronco lingüístico:
el Tshon.
«Indio patagón en la Bahía
San Gregorio».
Dibujo de Fitz Roy, 1826.
Bandas nómades: grupos de personas cuyo modo de
vida implica desplazamientos frecuentes de un lugar a otro. Por lo general,
los nómadas viven en tiendas, refugios cubiertos de hierba u otro
tipo de habitáculos temporales o móviles. El término
'nomadismo' se utiliza para referirse a este tipo de vida ambulante o
errante.
CARACTERISTICAS FISICAS I
Aunque los Aonikenk no fueron exterminados como sus vecinos
Selk'nam, sufrieron un proceso de aculturación o pérdida
de su cultura originaria.
Al pasar el tiempo, mundo espiritual y aspectos de la vida cotidiana se
fundieron con elementos de la religión católica y la cultura
del colonizador.
Lo más dañino fue la introducción del alcohol y las
enfermedades contagiosas, tales como la viruela, el sarampión y
la sífilis.
Relatos de cronistas los describen como una nación cuyos individuos
eran:
«de buen aspecto físico, complexión robusta, estatura
aventajada, saludables formas y hasta agradable presencia (...). Visten
con piel de animales, con el pelaje vuelto hacia adentro (...) gustan
de adornos de sus personas y caballos (...) no tienen un carácter
feroz y que hasta puede considerárseles amistosos».
Mujer Aonikenk junto a su caballo
CARACTERISTICAS FISICAS II
Aparte de su imponente estatura, los Aonikenk, tenían
un gran desarrollo toráxico. Sus espaldas eran amplias y sus piernas
fuertes, rasgos que facilitaban la caza terrestre.
Las mujeres eran de caderas anchas, más gruesas que los hombres,
pero proporcionadas. También se caracterizaban por poseer dientes
muy blancos. Esta característica, algunos autores se la atribuyen
a la costumbre de masticar el fruto de color oscuro del maqui o molle,
arbusto con cuya resina se elabora el incienso.
La adaptación de los Aonikenk a las duras condiciones climáticas
y ambientales, dependía de una disposición fisiológica
especial unida a una educación y alimentación reforzadora
de las defensas, ya que desde la infancia eran formados para resistir
y acostumbrarse al frío.
Como cazadores nómades, estaban dotados de un vigor y resistencia
especial para adaptarse a las duras condiciones del clima austral. Además
poseían un metabolismo de las grasas distinto al del habitante
actual, logrando eliminarlas más lentamente, lo que contribuía
a la mantención del calor corporal.
Gigantes patagones y europeos haciendo trueque.
Grabado de Pernettty, s. XVIII.
ARMAS
Las armas originarias de los Aonikenk eran la boleadora,
la lanza y, en menor medida, el arco y la flecha.
Para la defensa y la caza utilizaban la boleadora.
Esta es un arma constituida por piedras del tamaño de un huevo
cubiertas por una funda de cuero, y atadas a un lazo hecho con nervaduras
de guanaco o avestruz. Aún en uso en la Patagonia por estancieros
y ganaderos, se blande en el aire en forma de círculos y luego
se lanza a los pies del animal que se quiere capturar.
Había tres tipos de boleadoras: chumé, yachiko, y bola perdida.
La chumé, tenía dos bolas y estaba hecha especialmente para
la caza del avestruz.
La boleadora yachiko, tenía tres piedras y era usada en la caza
del guanaco.
La bola perdida, un tipo de honda en la que no se recuperaba el proyectil.
Las armas de fuego, el caballo y el alcohol fueron incorporados a sus
costumbres, con la llegada del hombre blanco.
«Tewelches cazando guanacos».
Dibujo, T. Ohlsen, hacia 1884.
SOCIEDAD
Se organizaban socialmente en tribus, conformadas
por varias familias emparentadas entre sí.
El cacique era el encargado de guiar y organizar las cacerías y
frecuentes traslados del campamento.
La unión de varias familias ligadas por una relación de
parentesco, conformaba una agrupación o tribu organizada bajo un
jefe que dirigía las cacerías, expediciones y mediaba en
los conflictos internos.
El cacique no era un líder político, su acción se
concentraba más bien en la organización de ciertas actividades
prácticas en cada tribu.
En caso de guerra con otras etnias, como los Puelches y los Mapuche, los
caciques se unían y planeaban en asambleas las estrategias a seguir.
Los Aonikenk, además de ser una de las etnias más altas
del mundo, eran longevos, a pesar de las extremadas condiciones climáticas.
El explorador Ramón Lista, quién convivió con los
indígenas hace más de un siglo, constató en esa época
la existencia de miembros de la comunidad octogenarios, nonagenarios e
incluso algunos centenarios.
Abuela Aonikenk de más de cien años.
Foto Agostini, 1945.
MEDICINA
A pesar de la extraordinaria aclimatación y fortaleza
física, cuando las enfermedades se manifestaban la comunidad acudía
a dos formas de medicina: la natural y la mágica.
El conocimiento de la medicina natural no era privativo de los chamanes,
y se basaba en los recursos disponibles del entorno. El estreñimiento,
por ejemplo, se curaba con el gauycurú, planta utilizada como purgante.
También usaban el Té de Pampa (Satureja darwini), antiinflamatorio,
antiespasmódico y antibacteriano, además de una hierba que
crece en el estuario del Río Gallegos utilizada para los dolores
reumáticos.
Se cree que, al igual que los Selk'nam, los Aonikenk conocieron los atributos
del romerillo para agudizar la visión y la corteza de la zarzaparrilla
(Ribes magellanica) para sanar los dolores de estómago.
Si la medicina natural no daba los resultados esperados, intervenían
los chamanes para aplicar la medicina mágica. Para la sanación,
estos utilizaban amuletos, piedras y sonajeros, objetos cuya función
era espantar a los espíritus malignos con su incesante sonido.
Cacique anciano del lago Cardiel
Foto de Agostini, 1945.
PINTURAS CORPORALES
Los Aonikenk pintaban sus cuerpos por razones estéticas
y prácticas, como por ejemplo para protegerse del frío.
Así, el rostro se resguardaba del viento helado de la zona austral,
con pintura roja y negra.
La pintura era una mezcla de médula de hueso o grasa de guanaco,
la que al cocinarse se convertía en materia gelatinosa. A esta
sustancia se le agregaban tinturas naturales.
El rojo se obtenía al agregar ocre a la cocción y para obtener
el blanco se usaba arcilla feldespática.
Las mujeres, en un sentido más estético, se pintaban la
cara con zumo de calafate. Este es el fruto oscuro de un arbusto que tiñe
de un azul intenso.
Usaron rústicos telares, probablemente de influencia mapuche, en
la confección de fajas de ornamento para cabalgaduras, y probablemente
para algunas prendas de vestir y de abrigo.
También manejaron rústicamente la platería llegando
a confeccionar botones, hebillas y adornos, fundamentalmente usando el
corte, perforación y moldeo.
"Comercio entre Tewelches y colonos".
Dibujo de Ohlssen, 1884.
COSTUMBRES
Los Aonikenk creían que los ancianos muertos se
reencarnaban en los niños. Cuando un joven fallecía, su
alma vagaba sin destino y quedaba prisionera de la tierra, hasta que cumpliera
el tiempo necesario para hacerse vieja.
Debido a este pensamiento animista, enterraban a sus muertos con sus objetos
personales, sus armas y alimentos.
Creían que cuando un miembro de la tribu moría, cabalgaba
hacia el otro mundo sobre su yegua, por lo que esta debía ser sacrificada
al morir su dueño.
Los familiares introducían al difunto, con sus objetos de plata
y armas más preciadas, dentro del quillango o manta de guanaco
pintada. Luego la sellaban cosiendo todos sus bordes.
El modo de enterrar era en posición fetal, con el rostro mirando
hacia el oriente y cubriéndolo con pesadas piedras.
Los Aonikenk preferían sepultar a sus muertos alejados de la comunidad,
en las cumbres de los tchengue o cerros.
Aonikenk envuelto en su chillango
RITUALES DE INICIACIÓN I
Cada etapa en la vida de los Aonikenk, se iniciaba con
un ceremonial específico.
Durante la gestación, la embarazada era separada de su pareja para
evitar el contacto sexual, ya que se creía que el semen agrandaba
el feto, dificultando el parto. Entonces comía carnes secas y evitaba
los alimentos líquidos. Su madre o su abuela, la asistían
en el nacimiento del hijo.
Al recién nacido se lo pintaba de color blanco, y luego se le asignaba
el nombre, el que por general representaba características físicas,
lugares de alumbramiento o el nombre de un familiar muerto.
A los cuatro años de edad, los menores asistían a la Ceremonia
de los Aros; mientras a las niñas se les perforaban ambos lóbulos
de las orejas, a los niños sólo uno.
Muchacha Aoniken
Foto Agostini, 1945
RITUALES DE INICIACIÓN II
Una aguja y crines de caballo, eran los
instrumentos con que se hacían los orificios, que más tarde
albergarían a los aros.
Al final del ritual se sacrificaba una yegua, momento en que los hombres
ejecutaban el Baile de las Avestruces.
La primera menstruación, signo del paso a la adolescencia, era
la ocasión en que se realizaba la ceremonia de iniciación
femenina.
Al llegar a la adultez, la joven se preparaba para contraer matrimonio
era el tiempo de la ceremonia La Casa Bonita.
Allí se preparaba para el acontecimiento de vivir en pareja, permaneciendo
entre tres y siete días dentro de la singular vivienda.
Toldo de pieles
LA CASA BONITA I
La Casa Bonita era similar a la vivienda de los Aonikenk,
pero, en lugar de estar recubierta con piel de guanaco, era engalanada
con ponchos nuevos, cojines, plumas de avestruz, cascabeles y campanillas
con cuentas azules, rojas y amarillas.
Dentro de ella, el alimento de la novia se reducía bastante, evitando
el consumo de grasas.
Por lo general, la abuela o el abuelo materno la acompañaban, asumiendo
así el papel de educador y consejero de la joven en su nueva vida
como adulta.
La joven aprendía las normas morales de la comunidad y las actividades
cotidianas como lavar, cocinar, elaborar tejidos y el cuidado de los hijos
Toldo aonikenk (reconstitución)
Museo de Leleque. Patagonia Argentina
LA CASA BONITA II
La virginidad era muy valorada, razón por la que
se le enseñaba a las mujeres, en dicha ocasión, a no tener
relaciones sexuales antes del matrimonio. La ceremonia concluía
con el sacrificio de yeguas y el baile masculino de las avestruces.
El matrimonio se festejaba con sacrificio de equinos y bailes, al igual
que las otras ceremonias, con la diferencia de que no se daba carne a
los perros ya que se consideraba un mal augurio.
La extracción de la sangre, el saludar a los espíritus,
encarnados en determinadas formas de la naturaleza o el murmurar deseos
al ver la luna nueva y la creciente, eran otras prácticas rituales
cotidianas. La ceremonia se prolongaba hasta altas horas de la helada
noche patagónica hasta que, al calor del fuego y del baile, se
unían con sus fuerzas ancestrales.
Con la llegada del hombre blanco, a esta ceremonia se sumó el alcohol
que, además de emborracharlos produciéndoles cambios conductuales,
terminó por aniquilarlos.
Mujeres aonikenk de distintas generaciones
BAILE DE AVESTRUCES
Tras el sonido rítmico de tambores, flautas, arcos
musicales y cantos Aonikenk, comenzaba el baile de las avestruces.
Los hombres destinados a participar en la ceremonia salían en fila
desde un toldo.
Con el cuerpo cubierto de pieles y la cabeza con plumas de avestruz, comenzaban
a dar vueltas alrededor del fuego acercándose hasta tocarse, y
retrocediendo con movimientos que imitaban el andar de las avestruces
y los guanacos.
Cantos colectivos y gritos, conjuraban el poder de las fuerzas del mal.
El ritmo de la danza aumentaba mientras iban transformándose en
sus animales de caza, hasta que los hombres se quitaban los calurosos
mantos de piel y mostraban sus fornidos cuerpos, pintados de colores.
Danzaban cubiertos solamente por un cinturón hecho de plumas de
avestruz, conchas, campanillas y picos de aves.
Imitando el movimiento de las vestruces
PERSONAJES I
Ramón Lista
Es el nombre del explorador que vivió con los Aonikenk,
aprendiendo su idioma y su costumbres.
Debido a los pocos estudios científicos sobre esta etnia patagónica
antes de su proceso de aculturación y extinción, sus escritos
acerca de este pueblo son un gran aporte al reconocimiento de esta cultura.
Escribió los siguientes textos:
Los Indios Tehuelches. Buenos Aires (1894).
Viaje a los andes australes. Anales de la sociedad Científica Argentina,
tomo XLI, Buenos Aires (1896). Mis exploraciones y descubrimientos en
la Patagonia. 1877-1880. Ediciones Marymar, Buenos Aires (1975).
El explorador Ramón Lista con un grupo
de "indios tehuelches"
PERSONAJES II
Mulato
Fue llamado el último gran jefe de los Aonikenk
de la Patagonia. Desde 1892, hasta la fecha de su muerte, en 1905, dirigió
la comunidad indígena del Valle Río Zurdo. (1911).
George Muster
Fue el primer hombre blanco que vivió con los Aonikenk. Por este
motivo los testimonios indígenas recogidos en sus textos son altamente
valorados, por su gran pureza.
Es autor de los libros:
At home with Patagonians, a year's waderings over untrodden ground from
the straits of Magellan to the Rio Negro. London (1874) .
Vida entre los patagones. Buenos Aires, Universidad Nacional de La Plata.
Traducción castellana.
Mulato Último gran jefe Aonikenk
LENGUA
El Aonikaish, lengua de los Aonikenk, está emparentada
con el idioma Selk'nam, ya que ambos pertenecerían al tronco lingüístico
Tshon, distinto del indoamericano que agrupa al resto de los cazadores-recolectores
de Sudamérica, (según Roberto Lehmann-Nistche).
El Aonikaish, esta compuesto por, aproximadamente, 25 sonidos básicos
de los cuales seis son similares a las cinco vocales españolas,
más una de sonido similar a la ö, en alemán.
El estudioso Spegazzini (1884), describe del siguiente modo al Aonikaish:
«todos hablan con voz muy gruesa, haciendo repercutir las consonantes,
muy despacio como si estuvieran cansados; la garganta es la que emplean
más, como si fueran ventrílocuos; las vocales son pocas,
y sólo las de las primeras sílabas pueden determinarse con
seguridad y escribirse, las demás son inteligibles o semimudas».
Para un hablante de esta lengua, como lo era el explorador Lista, el Aonikaish,
no sólo tiene una voz propia para cada objeto de la naturaleza,
sino que también expresa ideas abstractas de un orden superior.
Colores
Rosado: Arantek / Rojo: Kapenke
Blanco: Eorrenk / Negro: Pol
Azul: Makotemk
Amarillo: Uaitenk
Verde: Jestateltenk
Algunas Palabras
Paradero, lugar: Aike, aiken
Lugar del río: (kon).Kon-aiken
Meseta: Chokeken
Guanaco nuevo (chulengo): Chetjen
Casa, toldo, vivienda.: Kau
Manta de pieles: Kai
Pétalo de flor: Kosp
Foto sin leyenda
AONIKENK - LENGUA
El Aonikaish, lengua de los aonikenk, está emparentada
con el idioma selk'nam, ya que ambos pertenecerían al tronco lingüístico
Tshon, distinto del indoamericano que agrupa al resto de los cazadores-recolectores
de Sudamérica, (según Roberto Lehmann-Nistche).
El Aonikaish, esta compuesto por, aproximadamente, 25 sonidos básicos,
de los cuales seis son similares a las cinco vocales españolas,
más una de sonido similar a la ö, en alemán.
El estudioso Spegazzini (1884), describe del siguiente modo al aonikaish:
«todos hablan con voz muy gruesa, haciendo repercutir las consonantes,
muy despacio como si estuvieran cansados; la garganta es la que emplean
más, como si fueran ventrílocuos; las vocales son pocas,
y sólo las de las primeras sílabas pueden determinarse con
seguridad, y escribirse, las demás son ininteligibles o semimudas».
Para un hablante de esta lengua, como lo era el explorador Lista, el Aonikaish,
no sólo tiene una voz propia para cada objeto de la naturaleza,
sino que también expresa ideas abstractas de un orden superior.
Digueñes. Flora nativa austral.
Palabras en lengua aonikaish
Paradero, lugar: Aike, aiken
Lugar del río: (kon).Kon-aiken
Meseta: Chokeken
guanaco nuevo (chulengo): Chetjen
Casa, toldo, vivienda.: Kau
Manta de pieles: Kai
Pétalo de flor: Kosp
Vincha, cinta que se pone en la cabeza: Kochel
Faja, cinto: Guaten
Manta tejida a telar. Uendeunk
Cerro: Legue
Fecha Yeut
Ojo de guanaco: Shotel
Espíritu bueno: Otil nau
Colores
rosado: Arantek
blanco: Eorrenk
rojo: Kapenke
azul: Makotemk
negro: Pol
amarillo: Uaitenk
verde: Jestateltenk
Kosp kapenke Kosp eorrenk
Kosp jestateltenk
Kosp arantek
Kosp uaitenk
Kosp makotemk
    
AONIKENK - MUNDO ESPIRITUAL
RITUALES DE INICIACION I
Cada etapa en la vida de los Aonikenk, se iniciaba con
un ceremonial específico.
Durante la gestación, la embarazada era separada de su pareja para
evitar el contacto sexual, ya que se creía que el semen agrandaba
el feto y dificultaba el parto. Debía comer carnes secas y evitar
los alimentos líquidos. Su madre o su abuela la asistían
en el nacimiento del hijo.
El recién nacido era pintado de color blanco y se le asignaba el
nombre que, habitualmente, representaba características físicas,
lugares de alumbramiento o el nombre de un familiar muerto.
A los cuatro años de edad, asistían a la Ceremonia de los
Aros: a las niñas se les perforaban ambos lóbulos de las
orejas y a los niños, sólo uno. Una aguja y crines de caballo
eran los instrumentos con que se hacían los orificios, que más
tarde ocuparían los aros.
Al final del ritual se sacrificaba una yegua, momento en que los hombres
ejecutaban el Baile de las Avestruces.
Muchachos con sus capas de piel de guanaco
BAILE DE AVESTRUZ
Tras el sonido rítmico de tambores, flautas, arcos
musicales y cantos se iniciaba esta danza ritual.
Los hombres destinados a participar en la ceremonia, aparecían
en fila desde un toldo. Con el cuerpo cubierto de pieles y la cabeza coronada
por plumas de avestruz, se desplazaban en torno al fuego acercándose
hasta tocarse y retrocediendo luego, con movimientos que imitaban el andar
de avestruces y guanacos.
A medida que se posesionaban del aspecto y atributos de sus animales de
caza, el ritmo de la danza iba en aumento hasta que despojándose
los danzantes de sus calurosas capas de pieles mostraban la pintura que
con variados colores cubrian sus fornidos cuerpos. Luego seguían
danzando cubiertos solamente con un cinturón hecho de plumas de
avestruz, conchas, campanilas y picos de aves.
El baile continuaba hasta altas horas de la helada noche patagónica,
mientras se unían a sus fuerzas espirituales. Cantos colectivos
y gritos, conjuraban el poder de las fuerzas del mal.
RITUALES DE INICIACION II
La virginidad era muy valorada, razón por la que
se le enseñaba a los jóvenes a no tener relaciones sexuales
antes del matrimonio.
El matrimonio se festejaba con sacrificio de equinos y con bailes, al
igual que las otras ceremonias, ocasión en que no se daba carne
a los perros, ya que se consideraba un mal augurio.
Antes de iniciar la vida en pareja a la novia se la iniciaba en la ceremonia
de La Casa Bonita.
La extracción de la sangre, el saludar a los espíritus,
encarnados en determinadas formas de la naturaleza o el mumurar de deseos,
al aparecer la luna nueva y la creciente, eran otras prácticas
rituales cotidianas.
Guanaco y cria.
Pintura Rupestre Aonikenk.
LA CASA BONITA
La Casa Bonita era similar a la vivienda habitual, pero,
en lugar de estar recubierta con piel de guanaco, era engalanada con ponchos
nuevos, cojines, plumas de avestruz, cascabeles y campanillas con cuentas
azules, rojas y amarillas.
Dentro de ella, el alimento de la novia se reducía, evitando el
consumo de grasas.
Por lo general, la abuela o el abuelo materno la acompañaban, asumiendo
así el papel de educadores y consejeros de la joven en su nueva
vida como adulta.
La joven aprendía así las normas morales de la comunidad
y las actividades cotidianas como lavar, cocinar, elaborar tejidos, además
de asumir la crianza de los hijos.
Toldo Aonikek
Grupo Aonikenk junto a su vivienda.
RITUAL DE FUNERARIA
Los Aonikenk creían que los ancianos muertos se
reencarnaban en los niños, pero si un joven fallecía su
alma vagaba sin destino, quedando prisionera de la tierra hasta cumplir
el tiempo necesario para hacerse vieja.
Debido a este pensamiento animista, enterraban a sus muertos con sus objetos
personales, armas y alimentos.
Creían que cuando un miembro de la tribu moría, cabalgaba
hacia el otro mundo sobre su yegua, por lo que esta debía ser sacrificada.
Los familiares cosían el quillango o manta de guanaco pintada,
introduciendo en ella al difunto con sus objetos de plata y armas más
preciadas. Luego lo enterraban en posición fetal, con el rostro
mirando hacia el oriente y lo cubrían con pesadas piedras.
Los Aonikenk preferían sepultar a sus muertos alejados de la comunidad,
en las cumbres de los tchengue o cerros.
Abuela centenaria Aonikenk.
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